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— Episodio 9 —

La Clase Mágica de la Señorita Luna

El Enfado Avisa

Una historia sobre manejar el enfado

Portada del episodio 9: El Enfado Avisa

Capítulo 1 El equipo rojo

En el colegio Los Almendros, cuando sonaba el timbre del recreo, Wei era siempre el primero en salir corriendo al patio. Debajo del brazo llevaba su tesoro: una pelota de fútbol un poco gastada, pero, para él, la mejor pelota del mundo.

A Wei le encantaba el fútbol más que ninguna otra cosa. Cada día formaba su equipo, el equipo rojo, y jugaban partidos larguísimos hasta que la Señorita Luna los llamaba para volver a clase.

Wei “¡Hoy vamos a ganar otra vez! ¡El equipo rojo nunca pierde!”

Y casi siempre era verdad. Wei corría como el viento y regateaba a todos con la pelota pegada al pie. Pero había una cosa que a Wei no le gustaba nada, pero nada de nada: perder.

Wei, con su camiseta roja, corre feliz detrás de la pelota mientras sus compañeros del equipo rojo lo siguen por el patio.

Capítulo 2 Dos goles en contra

Aquel jueves tocó un partido especial. En el otro equipo estaba Pablo, que corría casi tanto como Wei y que ese día parecía llevar las zapatillas puestas para volar.

El partido empezó bien. Pero, de repente, Pablo cogió la pelota, esquivó a dos niños y ¡zas!, la mandó al fondo de la portería. Gol del otro equipo.

Pablo chuta la pelota con fuerza hacia la portería hecha con dos mochilas, mientras Wei lo mira preocupado.
Wei “¡No pasa nada! ¡Ahora remontamos!”

Lo dijo con voz fuerte, pero por dentro ya no estaba tan tranquilo. Y al ratito, Pablo volvió a colarse entre todos y metió otro gol. Dos a cero.

Wei notó algo raro: una cosa caliente que le subía por el pecho, como cuando se calienta la leche y sube la espuma. El corazón le latía muy fuerte. Sin darse cuenta, apretó los puños.

Wei, con el ceño fruncido y los puños apretados, siente cómo el enfado le sube por el pecho como un calor rojo.

Capítulo 3 La pelota que voló lejos

Volvieron a sacar. Wei quería la pelota para él solo; corría de un lado a otro, pero no había manera. Y entonces pasó: Pablo recibió el balón y metió el tercer gol.

Tres a cero. La cosa caliente del pecho de Wei estalló como un globo demasiado hinchado. La rabia le llenó las orejas de un ruido que no lo dejaba pensar.

Wei “¡Me has hecho falta! ¡Eso ha sido falta!”

Pero no había sido falta. Pablo no había hecho nada malo. Wei agarró la pelota con las dos manos y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared del patio.

Wei, gritando y con lágrimas de rabia, lanza la pelota contra la pared del patio mientras sus compañeros lo miran asustados.

La pelota rebotó lejísimos. Todos se quedaron callados de golpe. Wei sintió la cara ardiendo y, sin decir nada más, salió corriendo hacia el rincón más apartado del patio.

Wei, con la cara roja y los ojos llorosos, se aleja corriendo hacia un rincón del patio mientras sus compañeros lo observan en silencio.

Capítulo 4 El banco bajo el árbol

Al fondo del patio, debajo del almendro, había un banco viejo de madera. Wei se sentó allí, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Todavía le latía fuerte el corazón.

La Señorita Luna llegó despacio. No lo riñó. No le preguntó nada. Solo se sentó a su lado, en silencio, y esperó.

Wei, enfurruñado y con los brazos cruzados, está sentado en el banco bajo el almendro; a su lado, la Señorita Luna espera en silencio.

Pasó un rato largo. El enfado de Wei fue bajando poquito a poco, como el agua de una olla cuando deja de hervir. Entonces la Señorita Luna habló, con voz suave:

Señorita Luna “¿Sabes, Wei? El enfado es como un timbre. Suena muy fuerte para avisarte de que algo te importa mucho. Pero un timbre solo avisa: no te manda lo que tienes que hacer.”

Wei la miró sin entenderlo del todo.

Señorita Luna “El timbre del recreo te avisa de que ha llegado la hora, pero eres tú quien decide si sales andando o corriendo. Con el enfado pasa igual: te avisa por dentro, y luego eres tú quien decide qué hacer.”
La Señorita Luna habla con dulzura a Wei, ya más tranquilo, sentados juntos en el banco bajo el almendro.

Capítulo 5 Las palabras que arreglan

Wei respiró hondo. Miró la pelota, que seguía parada junto a la pared. Miró a Pablo, que esperaba a lo lejos sin saber qué hacer.

Wei “Es que… quería ganar muchísimo.”

La Señorita Luna asintió.

Señorita Luna “Claro que sí. Ganar gusta. Pero Pablo no es el timbre, Wei. Pablo solo estaba jugando. El enfado te avisó de que te dolía perder… y sin querer se lo echaste a él.”

Wei se quedó pensando. Tenía razón. Se levantó del banco, cruzó el patio despacio y se acercó a Pablo.

Wei “Perdona, Pablo. No era contigo. Me enfadé porque perdía, pero tú no has hecho nada malo. No era falta.”

Pablo lo miró, sonrió y le dio un toque suave a la pelota con el pie para pasársela.

Pablo “No pasa nada. ¿Jugamos otra vez?”
Pablo, sonriente, le pasa la pelota con el pie a Wei, que lo escucha algo avergonzado mientras los demás niños miran contentos.

Capítulo 6 El truco del timbre

Cuando volvieron a clase, la Señorita Luna les contó a todos el truco del timbre.

Señorita Luna “Cuando notéis que el enfado suena por dentro, muy fuerte, no hagáis nada todavía. Primero, parad. Después, respirad tres veces, muy despacio. Y solo entonces decidid qué hacer. El enfado avisa, pero quien manda sois vosotros.”

Toda la clase lo probó. Cogieron aire una vez, dos veces, tres veces. Diego se rió porque decía que respirar tan hondo le hacía cosquillas. Hasta Tomás, que hacía tiempo había aprendido a tratar bien a los demás, dijo que ese truco le gustaba mucho.

En el aula, los niños respiran con los ojos cerrados y las manos en el pecho mientras la Señorita Luna los guía junto a la pizarra.

Wei practicó el suyo con mucho cuidado. Uno… dos… tres. Y notó que, por dentro, todo se quedaba tranquilo, como el patio cuando termina el recreo.

Al día siguiente, el equipo rojo volvió a perder un partido. Y, por primera vez, en lugar de estallar, Wei sonrió. Una sonrisa pequeñita, pero de verdad.

Wei “Buen gol, Pablo. Mañana te gano.”
Wei y Pablo se marchan juntos y sonrientes con la pelota, mientras la Señorita Luna los mira desde la ventana.

Y los dos se marcharon juntos, botando la pelota, mientras la Señorita Luna los miraba desde la ventana y sonreía.

❦ FIN ❦

🌟 Lo que este cuento nos enseña 🌟

El enfado no es malo: es un aviso de que algo nos importa.

Suena muy fuerte por dentro, como un timbre, pero solo avisa.

No tenemos que hacer lo primero que nos pide la rabia.

Podemos parar, respirar tres veces y luego decidir.

«El enfado avisa, no manda.»

📚 Vocabulario — Episodio 9

esquivar
Moverse rápido para que algo o alguien no te alcance o para pasar sin chocar.
estallar
Reventar de golpe y con mucha fuerza, como un globo demasiado hinchado.
fruncir
Arrugar la frente y las cejas, algo que hacemos cuando estamos enfadados o preocupados.
hervir
Ponerse el agua tan caliente que hace burbujas y sube el vapor.
portería
Marco formado por dos palos, un larguero y una red, donde hay que meter la pelota para marcar un gol.
rabia
Un enfado muy grande y muy fuerte que llena todo el cuerpo por dentro.
rebotar
Salir despedido de un salto al chocar contra algo duro, como la pelota contra una pared.
regatear
Esquivar a los rivales con la pelota en el pie para que no te la quiten.
remontar
Ir perdiendo en un partido y conseguir darle la vuelta hasta ganar.
timbre
Aparato que suena fuerte para avisar de algo, como el del recreo o el de una puerta.